Amado Padre celestial, este día, en que las aves trinan y saltan sobre las ramas verdes de los árboles, es verano, el sol brilla abrazándonos con su tibieza más que nunca. Deslumbrada de la belleza de su creación, deseo agradecer por tantos prodigios inmerecidos, y me pregunto: Sin duda “Los cielos cuentan la gloria de Dios, Y el firmamento anuncia la obra de sus manos”. Hechos 8:22.
¿Cómo es posible que el mortal pueda negar que existe un Creador?, basta contemplar la risa en el rostro de los niños, escuchar el canto de las aves, dando gracias cada día. Ver las coloridas flores que sin afanarse lucen esplendorosas sus variados matices. Le pido perdón porque por muchos años fui una persona escéptica. Pero aquella vez en el hospital usted me mostró cuan equivocada estaba.
Recuerdo que ansiosa esperaba las vacaciones de verano, para poder viajar hasta Minneapolis a visitar a mi familia. Ese mes de junio sería la graduación de Antonia, la más pequeña de mis hijas, tendría que esperar unos días para poder trasladarme a otra ciudad fronteriza que está a seis horas de donde radico actualmente, y de ahí viajar en coche con mi amada prima y mis pequeños hijos. Mi prima tenía programada la fecha de salida el mismo día en que se celebraba la graduación, así que tenía que hacer algo, de lo contrario nos quedaríamos sin viaje.
Una idea descabellada cruzó por mi mente en ese instante, y al otro día muy temprano me presenté con el director de la escuela primaria.
Al verme entrar el directivo, quien esa mañana se encontraba tomando su delicioso café, se puso de pie esbozando una sonrisa y sin soltar su taza de café clamó con alegría.
—¡Señora Andrade!—qué alegría verla por esta su casa—. ¿A qué debemos el honor?
Que mal me sentí, él tan caballero y atento y yo, una falsa que intentaba mentirle a ese gran hombre, me sentí indigna y titubeé por un momento. Más de solo pensar que esas vacaciones me quedaría encerrada en casa, me armé de valor y seguí con la farsa.
—Verá usted, señor director. Tengo a mi padre internado en el hospital y se encuentra muy grave. Así que solo vine a avisarle que Antonia no estará presente en la graduación.
—No se preocupe, señora—respondió el noble caballero—. Deseo que su padre se recupere pronto y por el certificado no se preocupe, se lo entregaré a su regreso.
Salí de la dirección con un cargo de culpa en el alma tremendo, yo, que odiaba la mentira, estaba atentando en contra de mi propia reputación, ignorando que más delante enfrentaría las consecuencias de mis malévolos actos.
Otro día a muy temprana hora partimos hacia la cercana ciudad fronteriza.
Mis hijos iban felices, por volver a ver a sus primos a quienes no veían desde hacía un año, y yo, sumida en mis pensamientos, meditaba arrepentida.
¿Por qué tuve que hacerlo? Acaso no hubiera sido mejor hablar con la verdad. Si mis hijos supieran lo que he hecho.
Había leído por ahí qué, “Mentir generaba un karma que tarde o temprano regresaba”.
¿Por qué tuve que inventar esa historia irreal?, pude haber inventado otra cosa, me repetía, arrepentida.
Al llegar a nuestro destino, nos dirigimos a casa de mi madre, quien salió a recibirnos y, a pesar de que se le veía contenta de vernos, no podía disimular la preocupación.
—Hija, no los esperaba—. ¿Te avisó tu hermana?
—¡Avisarme!—¿Rebeca tenía que darme alguna noticia?—pregunté sin dar muchos rodeos.
—Bueno, perdona, no he llamado para comunicar que vendría—. Pero sé cómo te pones de los nervios cuando salimos a carretera, así que preferí darte la sorpresa.—Además, viajaré con Casandra esta misma noche, vamos para Minneapolis a pasar las vacaciones con mis hermanos, y quise verte antes de partir—agregue.
Aunque había olvidado buscar la guía de Jehová, y me había dejado llevar por mi propio criterio. “Confía en Jehová con todo tu corazón y no te apoyes en tu propio entendimiento. Tómalo en cuenta en todos tus caminos, y él hará rectas tus sendas” (Proverbios 3:5, 6)
—De pronto eché de menos la presencia de mi padre, ¿y mi padre?—pregunté, porque siempre era él quien nos recibía cuando llegábamos a visitarles y esta vez no lo había hecho.
—¡Lo siento, hija!—. Esta vez tu padre no saldrá a recibirte.
—Se encuentra internado en el magisterio—respondió mi madre, mirándome fijamente.
Sentí como si me hubieran aventado un balde de agua fría en la cabeza.
—¿Cómo es eso mamá?— explícame, por favor, ¿qué tiene mi padre?—. Después de un largo silencio mi madre siguió. —Es aquel tumor que le extirparon hace muchos años, volvió a crecer y dice el especialista que está del tamaño de una manzana hija, así que será trasladado a la ciudad de Monterrey, esta misma noche—dijo apesadumbrada.
—La abracé, murmurándole al oído, no te preocupes—. Tratando de tranquilizarla— agregué yo viajaré con él
Le marqué a Casandra por teléfono para darle la noticia y cancelar el viaje, esta vez mi prima tendría que viajar sola. Y esa misma noche viajé en la ambulancia al lado de mi amado padre.
Fue entonces que recordé un proverbio que había escuchado desde niña. “El hombre dispone su camino, pero al Señor corresponde disponer sus pasos”. (Proverbios 16, 9)
Mi terrible mentira se había convertido en una triste realidad. Viajamos toda la noche y llegamos al amanecer al hospital de la gran ciudad metropolitana. Así pasaron los días y casi al mes, después de varios estudios, radiografías y demás, el especialista precisó la fecha para la cirugía. Uno de esos días, me encontré en el elevador con una joven señora, quien era de la misma ciudad donde yo había crecido y después de presentarnos.
—Le pregunté—¿quién tenía internado?
—Respondiéndome que había llegado a causa de una mentira—¿Y usted?, me interrogó.
—Después de tragar saliva —le respondí igual que usted, estoy enfrentando las consecuencias de una gran falacia.
— Fue entonces que me narró que era esposa de un abogado, y que los compañeros habían planeado unas vacaciones, pero el jefe había decidido que su esposo sé quedara al frente del despacho, pero que a ella se le ocurrió sugerirle al esposo que inventara la mentira de que el padre de ella estaba grave y así también ellos podrían disfrutar de esas merecidas vacaciones. Y que sus deseos se habían cumplido, ahora su padre estaba al borde de la muerte a causa de esa mentira.
Luego recordé que ciertamente la palabra es poderosa, tanto que con ella podemos crear o destruir. “Lo que tu boca declare o confiese se hará realidad en tu vida, familia, negocio, nación, ministerio y congregación”. El mismo día de la cirugía mi amado padre lamentablemente falleció en el quirófano debido a un derrame cerebral.
En tanto estaba arrepentida y había aprendido la lección, pero siento que no me alcanza la vida para pedirle perdón por haber dudado de su existencia, mi Dios. De pronto escuché una voz que me dijo. “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.