Malena pasaba cerca cuando la vio caer. Sin pensarlo, sacó un pañuelo de su vestido y lo colocó sobre su frente; la sangre se contenía apenas hasta que llegaron la policía y la ambulancia, subiéndola en la camilla. La madan del estudio de ballet se alejaba, y Malena, con el pañuelo aún entre sus manos, pensó para sí que eso era lo más cerca que estaría del mundo del ballet.
El lunes siguiente, Malena se preparaba para su clase de mecanografía. Su familia se había esforzado para que tomara ese curso de secretariado, con la esperanza de que su futuro no fuera como el de su madre, barrendera, ni casada con un obrero como su padre. La labor era decente, pero sus padres soñaban con regalarle un futuro mejor, uno que les prometiera felicidad.
Esa mañana, la madan del estudio de ballet, con ayuda de un joven de la ambulancia, logró ubicar a su joven salvadora. Dispuesta a recompensar su gesto, le ofreció una membresía completa para el estudio que dirigía.
Malena saltó de emoción, pero al ver el desconcierto en el rostro de sus padres, se detuvo. Se acercó a su madre y pensó que no era el tipo de ave que debía volar directamente hacia el sol. Aunque tomara alas prestadas, como Ícaro, ese era un camino para alas fuertes, no de cartón. Bajó la mirada, se arrodilló y se lamentó, pero su madre levantó su rostro y lo juntó al suyo, reflexionando sobre los pensamientos que podían habitar en la mente de su hija.
—Cierto es que las alas de Ícaro se quemaron cerca del sol —dijo su madre—, pero su hazaña sigue viva. Siempre debe existir un primero para marcar un precedente. Ese es el valor de la historia: ser un precedente, no una sentencia.
Malena comprendió entonces que las historias que su madre le contaba no tenían el fin de infundirle miedo, sino de enseñarle que, aunque pareciera imposible, debía intentarlo. Y así, aceptando las clases de ballet, Malena se convertiría en la primera bailarina de los suburbios en subir al podio.