Señor, Dios mío. Aquí estoy, frente a tu altar. Doblando las rodillas, y agradeciendo el amor que tú me das.
Cómo tantas ovejas perdidas, sin ilusión, guiaba mi paso. Sintiéndome solo en la vida, y necesitado de un fuerte abrazo
Mi presencia no parecía importar, mi opinión nadie parecía escuchar. Era sentir, cómo se cerraban las puertas de la felicidad, en dónde mi corazón no tuviese derecho a participar.
Tantas veces, con lágrimas en los ojos, quise mendigar ese amor que a mi vida le faltaba. Pero el orgullo me mantenía erguido, formando una barrera de orgullo y rencor. Que cubría mi alma con una inefable capa de dolor.
Decidí apartarme del mundo. Quise aislarme de la sociedad. Pues estaba cansado de lo inmundo, y de tanta gente que radiaba en falsedad.
Mi hogar estaba en el fracaso, ¡para mí, todo estaba perdido! Mi corazón vagabundo y tristemente confundido.
Me sentía vacío, la soledad era mi refugio. El mundo para mí no existía, como no figuraba mi presencia para el mundo. Me cerré como triste ermitaño, para esperar la muerte, como dolosamente la espera el moribundo.
Fui la oveja que sobrevivió a noches frías y lluviosas, cómo a los sollozos entre quejas silenciosas, tanto crueles y tormentosas que mi vida, ¡ya no tenía sentido!
Tantas noches que hicieron crujir mis huesos de soledad y frustración. ¡Nada me importaba! ¡Nadie me faltaba!, todos me dieron la espalda, alejándome de sus vidas y formando una dureza en mi frágil corazón.
Pero una triste mañana, cuando todo creí, estaba perdido. Te presentaste ante mí y sanaste mi corazón herido.
Me sentí pequeño a tus pies, y avergonzado bajé mis ojos, rendido. Tantas veces te juzgué y renegué de tu existencia. Pero enmudecido estoy, señor, porque he estado en tu presencia.
Inexplicablemente, te bajaste de la cruz, vistiendo esa túnica de blanco resplandeciente. Te reconocí al instante y supe que eras tú.
Entre lágrimas y Frustraciones, me enojé con mi interior. Reprochando a mí mismo mi negatividad hiriente y complejidad inferior.
El orgullo y absurdas decisiones me alejaron de la auténtica felicidad. Juzgué al mundo por sus acciones, descargué ante todos mi trágica y cruelísima realidad. ¡Pues me faltaba Dios! ¡Estaba carente de humildad!
Me abandoné a mis desilusiones y amarguras, provocadas por una falsa sociedad.
Sin embargo, eran figuraciones que me orillaron a un profundo pozo de tristeza y soledad.
El peor enemigo se reflejaba ante el espejo, el que me juzgaba, me acusaba y me envolvía en la mediocridad. Me volví aislado, amargado y frío con la comunidad. Formando en mí un alma pobre, abandonada y llena de inseguridad.
El mundo nos ve, según nuestro reflejo, no sé alejan, somos nosotros que los mantenemos lejos. Pero ante los ojos de mi Señor, somos sus hijos amados. Tanto el que está lejos o el que se mantiene a su lado.
Tanto la oveja alegre o la oveja que se ha perdido. Ante los ojos de Dios, no hay distinción; porque todo aquel que lo llama Padre, él lo llamará hijo, Sin reproches y sin condición.
Padre, perdona mis errores, y por tantas veces que me sentí inferior.
Por todas las ocasiones que te he negado y te cerré mi corazón. Tú renovaste mi vida, haciéndome renacer. Por eso en esta misiva hoy te quiero agradecer. Me rescataste afligido. No me dejaste perder. Regresó la oveja perdida para no volver a caer.
Gracias te doy padre Santo, mi Jesús sacramentado, Nunca negaré tu nombre ni me apartaré de tu lado. Platicaré contigo día y noche, a través del libro sagrado.