La vida es un hilo delgado y frágil, que la más suave brisa puede desquebrajar.
Esa era la sensación que me invadía al ver pasar el tiempo y mi cuerpo marcharse por una enfermedad. Es que la medicina era insuficiente para tratarme y solo existía una sentencia.
Mi corazón únicamente se mantenía en pie, por la Fe que guardaba a cada Pasó. Los instantes donde rogaba que Dios me permitiera abrazar el ángel de la Salud, cada plegaria era un gritó, que se elevaba cómo incienso hacia su altar; porque cuándo la oscuridad te cubre con sus alas, el resplandor de su luz la desvanece y te llena de esperanzas.
Mi cuerpo había sido bendecido por Dios y su gracia bañó, cada rincón de mi ser.
La vida se llenó de un milagro y aquélla pesadilla sin explicación desapareció «en un parpadeo».
Ahora en esta nueva realidad, descubro que los milagros no tienen lógica, sencillamente son parte de una hermosa transformación espiritual y física, donde puedo confesarles que te cubre con su paz, amor y serenidad. La soledad y dolor desaparecen en su presencia y esta gracia, es el premio de tener la fe intacta a pesar de los peores momentos.