Era un hombre de cabello rizado, ojos cafés, piel trigueña y de figura como un ángel. En otras palabras, era innegable su belleza. Sus palabras y miradas enloquecían los sentidos y enflaquecían las piernas. Adueñándose de tu cuerpo y haciéndote esclava de sus deseos, la lujuria era su artimaña, a través de la cual devoraba y dominaba el alma. Cada beso de sus labios era descrito como un néctar de carmesí. Este hombre poseía la habilidad de enloquecer y sumergirte en sus retorcidos deseos. Sin embargo, todo era una artimaña bien planeada por el elocuente seductor, quien utilizaba su ceñida apariencia como su efectiva trampa.
Muchas eran las incautas de este fatal seductor, que, sedientas por un momento de calor o bajas pasiones, caían en sus redes, redes de un devorador de almas y enmohecedor de carne. Astuto en arrancar pasiones en encuentros fortuitos donde las mujeres exclamaban placer, describiendo la habilidad del amante al poseer sus cuerpos desnudos, al paso que suspiraban y gemían… Esto lo excitaba, y se podía oír su risa al escuchar los halagos, pues el sexo era la moneda y la muerte, porque después, la muerte era lo que les esperaba.
Él invitaba a las mujeres a refrescarse en la bañera y, en su distracción, pasaba un cuchillo por su garganta, y allí quedaban sumergidas en una mezcla de agua y sangre. El seductor era un despachador de tráficos de órganos, y su apariencia angelical era solo el medio para conseguirlos.
Moraleja: La belleza es placentera a los ojos pero debilita el discernimiento de lo malo y lo bueno.