No soy un número, tengo identidad
A lo largo de la historia, el ser humano ha imitado a sus antecesores, repitiendo tanto sus actos más nobles como los más viles. La inclinación hacia el bien o el mal depende de los estándares de la sociedad.
En el Evangelio de Marcos (10:46-48), un hombre ciego llamado Bartimeo pedía ayuda a Jesús, pero la multitud intentó silenciarlo. A pesar de esto, él insistió: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” Jesús no respondió de inmediato, sino que permitió que su voz se elevara sobre el ruido de la gente. Finalmente, lo sanó por su fe.
Ahora imagina que Bartimeo se hubiera callado, doblegándose ante las normas sociales que menospreciaban a los más vulnerables. Su historia no sería un testimonio de fe, sino un ejemplo de sumisión.
Hoy, la mendicidad sigue presente, pero muchas veces se reprime con unas pocas monedas, reduciendo a las personas a cifras en indicadores de vulnerabilidad. Rescatar la empatía empieza con algo simple: reconocer la identidad de quienes nos rodean.
Si alguna vez pasas por la calle Mejía, en Esmeraldas, frente al parque infantil, tal vez veas a un adulto mayor sentado entre una panadería y un centro de licuados. Su nombre es Lucho, pero puedes llamarlo Luchito. Durante años trabajó como bolero, pero hoy se ve obligado a mendigar. Su historia no es solo la de alguien que necesita ayuda, sino la de alguien que merece ser visto y reconocido.